El olor era nauseabundo, pero a Adriana no le importaba. Necesitaba droga, como sea. Un mendigo abrió sus manos mugrosas y le ofreció un paquete de base de cocaína, a cambio de tener sexo con él. Ella aceptó sin pensarlo. Fue hace un año, en la calle, en lo más recóndito del suburbio de Guayaquil. El olor era nauseabundo, repite Adriana, ensimismada. No sentía nada, no veía nada, solo recuerda su propia fetidez corporal que se mezclaba con la del vagabundo. Ella también vivió en la calle por la droga. “Llegué a pasar semanas en un parque, sin bañarme, solo consumiendo. Llegué a prostituirme con un mendigo por un solo paquete de base”, repite la chica de 27 años, sin titubear, con una expresión de asco. Su voz ronca forma un eco en la recepción vacía de la clínica de rehabilitación informal donde está internada desde hace cuatro meses. Es la cuarta vez que pisa una. Las tres primeras obligada por sus padres. Esta, lo hizo porque ya no podía más con su adicción a la cocaína y l...
sudor, lágrimas, saliva y sangre.