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La vida después de la muerte

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16A: Manabí es mi Giancaldo

He  visto Cinema Paradiso al menos 50 veces. Las lágrimas brotaban siempre en la misma escena: la final, en la que Alfredo cumple su palabra y le entrega a Salvatore los retazos de películas que cortaba para censurarlas, a pedido de la Iglesia, y que le prometió cuando era niño. Nunca la había visto un 16 de abril, fecha que tambalea el corazón de una manabita como yo, que desde hace 10 años vive fuera de la provincia. Cinema Paradiso -para ponerlos en contexto- narra la historia de un niño llamado Salvatore que, a causa de su amor por el cine Paraíso (cinema Paradiso), se hace amigo de Alfredo, el proyeccionista del lugar. Alfredo se convierte en su figura paterna y le enseña todo lo que sabe. Es una trama bellísima que se asienta en el amor por el cine, el apego a las raíces, el volar del nido… y no contaré más, para quien no la haya visto. En fin, esta vez, el llanto empezó a brotar desde los primeros minutos del filme italiano de Giuseppe Tornatore...

Maradora es un espejo

El primer recuerdo que tengo de Maradona es gracias a mi papá. Era una niña, 5-6 años, quizá. Don Robles me hizo odiarlos, a Maradona y al fútbol al mismo tiempo. Un odio infantil. En casa, había tres momentos en los que nadie comía o tenía un momento de calma: cuando jugaba Liga de Portoviejo, Barcelona o Maradona. Maradona como equipo, porque nadie decía ‘Argentina’, ‘Boca’, no... Todos decían o gritaban, más bien: “va a jugar Maradona”.  Ni siquiera hay que ponerle el Diego Armando antes. Lo de Liga de Portoviejo lo entendía. Mi papá fue jugador de ese equipo de la ciudad donde nací. Recuerdo que me disfrazaba con aquel uniforme verde y blanco y me llevaba al estadio. Lo de Barcelona, bueno, aún trato de entenderlo. Pero Maradona. ¡Maradona! Un jugador de Argentina, un país del cual lo único que sabía yo, en ese entonces, era eso, que de allí era Maradora. El ritual era el mismo. Don Robles se paraba frente al enorme televisor Panasonic de doble perilla. Le daba vuelta a un...

Regálame la sonrisa del primer día

La primera vez que vi a Andrea, lo que más me llamó la atención fue su sonrisa. Amplia y enmarcada por labios rojos.   Tenía un lápiz Mongol   en su mano derecha. Esos a los que   yo le clavaba los dientes en la escuela, ella lo usaba para pintar al carboncillo. Volvamos a la sonrisa. Cuando se ríe, es de esas personas a las que se les hacen los ojos pequeñitos. También cuando llora. No recuerdo la fecha de esa primera sonrisa, pero sé con exactitud el día en el que su llanto, o lo que lo provocaba, me estrelló contra un muro que segrega odio,   como vidrios que laceran la piel. Fue el 28 de octubre de 2020. Me saltó una alerta en Facebook. Era una transmisión en vivo, que usualmente me valen Trump (Un pana me dijo que no usara la palabra ‘verga’ porque es valiosa. Estuve de acuerdo).   Esta vez no ignoré. Decía que tenía que contar algo importante. Una decisión que había tomado. Más que las palabras, su semblante marchito y ojos hinchados me hipnotizaron ...

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