La primera vez que vi a Andrea, lo que más me llamó la atención fue su sonrisa. Amplia y enmarcada por labios rojos. Tenía un lápiz Mongol en su mano derecha. Esos a los que yo le clavaba los dientes en la escuela, ella lo usaba para pintar al carboncillo. Volvamos a la sonrisa. Cuando se ríe, es de esas personas a las que se les hacen los ojos pequeñitos. También cuando llora. No recuerdo la fecha de esa primera sonrisa, pero sé con exactitud el día en el que su llanto, o lo que lo provocaba, me estrelló contra un muro que segrega odio, como vidrios que laceran la piel. Fue el 28 de octubre de 2020. Me saltó una alerta en Facebook. Era una transmisión en vivo, que usualmente me valen Trump (Un pana me dijo que no usara la palabra ‘verga’ porque es valiosa. Estuve de acuerdo). Esta vez no ignoré. Decía que tenía que contar algo importante. Una decisión que había tomado. Más que las palabras, su semblante marchito y ojos hinchados me hipnotizaron ...
sudor, lágrimas, saliva y sangre.