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“Llegué a prostituirme con un mendigo por un paquete”

El olor era nauseabundo, pero a Adriana no le importaba. Necesitaba droga, como sea. Un mendigo abrió sus manos mugrosas y le ofreció un paquete de base de cocaína, a cambio de tener sexo con él. Ella aceptó sin pensarlo. Fue hace un año, en la calle, en lo más recóndito del suburbio de Guayaquil. El olor era nauseabundo, repite Adriana, ensimismada. No sentía nada, no veía nada, solo recuerda su propia fetidez corporal que se mezclaba con la del vagabundo. Ella también vivió en la calle por la droga. “Llegué a pasar semanas en un parque, sin bañarme, solo consumiendo. Llegué a prostituirme con un mendigo por un solo paquete de base”, repite la chica de 27 años, sin titubear, con una expresión de asco. Su voz ronca forma un eco en la recepción vacía de la clínica de rehabilitación informal donde está internada desde hace cuatro meses. Es la cuarta vez que pisa una. Las tres primeras obligada por sus padres. Esta, lo hizo porque ya no podía más con su adicción a la cocaína y l...

Guayaquil no tiene centros públicos para rehabilitar mujeres

“Las mujeres que consumimos y nos convertimos en adictas a la  droga  somos más de las que se imaginan... ”, dice ‘Magdalena’ en un murmullo que se pierde en el amplio patio de la Unidad de  Conductas   Adictivas  (UCA) del  Instituto de Neurociencias  de  Guayaquil . Junto a ella, a quien le falta un mes para terminar su rehabilitación, camina Jimmy Ortiz, psiquiatra de esta clínica privada de la Junta de Beneficencia, la única autorizada para tratar a mujeres drogodependientes en la ciudad. Tiene 20 cupos y no hay más en  Guayaquil , al menos, legalizadas. De hecho, el Ministerio de Salud Pública (MSP) solo tiene tres  Centros Especializados para el Tratamiento de Alcohol y otras Drogas  (Cetad) en la urbe, pero  masculinos .  Femeninos  no hay. “La mujer se ha invisibilizado como consumidora”, apunta Ortiz, mientras recorre junto a  EXPRESO  las instalaciones del UCA, donde se accede a través de ...

“Nada reemplaza el calor de la familia en Navidad”

Luz María Torres tenía 12 años cuando pasó su primera  Navidad  en un  ancianato . Por eso, cuando a la edad de 33 años se quedó a vivir definitivamente en el  Hogar del Corazón de Jesú s, ya conocía perfectamente la mezcla de sentimientos que se intensifican en estos lugares durante los últimos días del año. Lo que nunca ha entendido, menos ahora que tiene 68 años, es ¿por qué si hay abuelitos que tienen hijos, hermanos, tíos u otros familiares, estos no se aparecen por allí ni en  Navidad  o  Año Nuevo ? Luz María suspira con nostalgia sobre su silla de ruedas. Ella ya está acostumbrada a la  soledad  desde el día en el que nació. Por eso no quiere ni imaginar lo que sienten los aproximadamente 100 adultos mayores, de los 324 que residen en ese asilo del norte de  Guayaquil , que no reciben la visita de sus parientes durante estas fechas. “Son días en los que se pregona el  amor , la  unión y la  solidaridad ”, di...

Cuatro hermanos: tres trans y uno gay

Hace siete años, Michelle, Roberta y Analy se llamaban Carlos, Robert y Yigmy. Ellas son trans femeninas y también hermanas de Nery, que es  gay . Chelita Cobeña, su madre, no se acostumbra. Aún los llama “mis niños”, en  masculino , porque así salieron de su vientre, dice. Chelita se lleva los dedos al rabillo del ojo. Inútilmente represa las lágrimas, que salen a borbotones, y eleva el tono de voz. “¡No hay nadie en este mundo que esté más orgullosa de mis hijos que yo!”, expresa tan fuerte, que cada palabra estalla en el patio de su casa, ubicada en la parroquia Sosote, del cantón  Rocafuerte . Analy, de 25 años, la escucha ensimismada y también llora. El delineador que se ha corrido de sus ojos mancha sus mejillas de negro. A ella le duele tanto que le digan que no es una mujer y se ahoga en sollozos. Roberta, de 27, se apresura a pasarle una  servilleta  para que se arregle el  maquillaje  y le suelta la broma de “primero muerta antes q...

Le encantaba el sexo con desconocidos

La idea de encontrarse con un desconocido la excitaba. Aún la excita. Melissa tenía 20 años cuando descubrió que el sexo con extraños era su más potente afrodisíaco. La pornografía había pasado de ser el juego clandestino con sus amigos de adolescencia a la forma de darse placer en soledad. Pero más allá de avivar su fogosidad, fue la puerta que la llevó a conocer otra gente que, como ella, lo único que quería era disfrutar del placer sin ataduras. Acostumbraba abrir páginas de contenido adulto para regocijarse con cada escena. Y, una noche, apareció en una de ellas un anuncio publicitario que propiciaba encuentros sexuales en su ciudad. Se cansó de ser solo ella con sus ojos clavados en la pantalla y sus manos jugando con la humedad de su entrepierna. Quería conquista, otras manos, otra piel. Hizo clic. Se había mudado a la capital hace poco. No quería pasar su vida en el pequeño pueblo colombiano en el que nació. Como primer paso para formar una empresa con su propia línea ...

En el baile descubrió su propio placer

Su virginidad le estorbaba, la hacía sentir inculta. Tenía 16 años y a esa edad, la mayoría de sus compañeras de colegio ya habían tenido sexo. Mathilda recién empezaba una relación de besos y abrazos con su primer novio. Fue una noche. No aguantó más y congeló al muchacho con una propuesta ardiente. “Tengamos sexo”, le lanzó como una cachetada que lo dejó atontado. No terminaba de reaccionar cuando ella ya estaba desnuda. Todo lo había preparado sin descuidar ningún detalle. Tenía condones en la mochila, escogió la lencería más bonita y había depilado cada vello recién nacido de su cuerpo delgado y de apariencia infantil. Sus lentes y la uniceja, que no tenía fin en ceño, la hacían lucir extraña, como ella misma se describe. Pero no sabe explicar cómo aquella rareza despertaba el morbo en algunos hombres. A Mathilda, el sexo siempre le ha dado igual, sobre todo después de ser desflorada. “Yo lo hice más por curiosidad, para descubrir qué era el sexo realmente. Nunca fue nada...

Karina descubrió nuevos placeres en el embarazo

Se miraba en el espejo hipnotizada. No podía creer que aquellos pechos hinchados y caderas redondeadas fueran suyos. Lo mejor era el brillo que irradiaban sus ojos negros. “¡Qué sexy!”, pensaba incrédula. Cuatro meses antes, Karina Monroy se enteró de que estaba embarazada por primera vez. Tenía 25 años y 10 meses de casada. Su vida con Andrés era una luna de miel constante, en la que ambos no perdían la oportunidad de amarse. Lo hacían donde fuera, cuando fuera... Su esposo es el amor de su vida y su mejor amante. Por eso, cuando la prueba de embarazo dio positiva, junto a la inmensa alegría de convertirse en madre, iba adherido el miedo de que sus ardientes encuentros se enfriaran. A Karina, la idea la atormentó hasta que acudieron al médico. “Yo fui con ese miedo, pero también con cero vergüenza. Le tenía que preguntar a mi doctor si podía estar con mi esposo. No podía imaginar nueve meses sin él”, confiesa la locutora de radio Punto Rojo, con una sonrisa traviesa, a la que ...

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