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Del retrato al "selfie"

Ricardo fue mi primer maestro, uno de los pocos a los que se le puede dar ese calificativo. Cuando cumplí cinco años, mis padres decidieron que toda la familia -que ya no aumentaría más- fuera fotografiada para la posteridad. Contrataron al único fotógrafo del pueblo, fijaron día y hora; la sala fue encerada y adornada y por último, todos pasamos por un baño ritual antes de enfundarnos en la mejor ropa que teníamos. El fotógrafo, una especie de mago de ocultos saberes, compareció puntual, armó su cámara de ca­jón, nos acomodó a su gusto y cuando todos estuvimos serios y erguidos como militares, disparó su blanca llamarada de magnesio. Me pegué tal susto que volví la cara y el hechicero tuvo que repetir la placa y el fogonazo. Y aclaro: ¡no es que yo sea tan viejo, sino que la fotografía ha evolucionado muy rápidamente! Más tar­de, cuando adulto, yo mismo me hice fotó­grafo. Pri­mero en la lavandería de mi casa, convertida en cuarto  oscuro,  luego en los labora­t...

La eterna “Charito” del barrio María Piedad

En Durán, todos conocen donde vivió “La Hechicera". Lo único que se escuchaba en el patio interno que comparte la familia Cisneros Castro eran los planchazos de las hojas de zinc que se alzaban con el viento. El pasado martes a las 17:03, el silencio era tal entre esas paredes color ladrillo, que los graznidos de los patos y el cacareo de las gallinas que allí revolotean alborotaban a los perros que se desperezaban sobre el cemento. Todos dormían, a excepción de Jhonny Cisneros, quien asomó su cabeza canosa por la puerta donde “Charito” salió e ingresó cientos de veces. Así le decían a la niña flaquita, de sonrisa amplia y cabello rizado que creció en el barrio María Piedad, de Durán, y que años más adelante cambiaría ese apelativo por el de “Sharon”, que la convertiría en una diva, en “La Hechicera” de los escenarios ecuatorianos. A esa hora, parte del dolor yacía bajo tierra junto al féretro de la artista, su sobrina Edith Rosario Bermeo Cisneros, quien fue sepultada al medi...

El genio de la multitud

Hay suficiente traición y odio, violencia, necedad en el ser humano corriente como para abastecer cualquier ejercito o cualquier jornada. Y los mejores asesinos son aquellos que predican en su contra. Y los que mejor odian son aquellos que predican amor. Y los que mejor luchan en la guerra son -al final- aquellos que predican paz. Aquellos que hablan de Dios necesitan a Dios. Aquellos que predican paz no tienen paz. Aquellos que predican amor no tienen amor. Cuidado con los predicadores cuidado con los que saben. Cuidado con aquellos que están siempre leyendo libros. Cuidado con aquellos que detestan la pobreza o están orgullosos de ella. Cuidado con aquellos de alabanza rápida pues necesitan que se les alabe a cambio. Cuidado con aquellos que censuran con rapidez: tienen miedo de lo que no conocen. Cuidado con aquellos que buscan constantes multitudes; no son nada solos. Cuidado con el hombre corriente con la mujer corr...

¡La Boca está loca de amor por Emelec!

Las largas pestañas de Jeanpierre estaban empapadas. Lo vi llorar en cuatro ocasiones: cuando Emelec metió el balón tres veces en el arco de Barcelona; y la última, cuando el árbitro Carlos Vera dio un silbatazo final que supo a gloria para los más de 25 mil corazones azules que latían al unísono en el Capwell el 21 de diciembre de 2014. A las dos estrellitas azules que dibujé en su terso rostro canela de ocho años las habían borrado las lágrimas de alegría, y los besos y abrazos que recibía de Henry Sánchez, su papá. Al igual que Jeanpierre, era mi primera vez en el estadio de Emelec y fuimos a parar donde “es todo”, como me dijeron cuando llegué a las 13:00 a la general de la avenida Quito, donde “hace harta bulla” la Boca del Pozo; la barra que pregona estar loca, aunque yo diría que esta reloca de amor por el triple bicampeón del país. Mis oídos tuvieron que adaptarse a los más de 50 tambores, bombos, trompetas y platillos que acompañaban a las miles de voces que coreaban “Vamos,...

PE-RIO-DIS-TA

O desarrolla sus raíces o muere. Trato de imaginar lo que soñaba a los nueve o diez años. Esa edad donde empiezas a fantasear con lo que quieres ser cuando grande. Nunca tuve una idea clara como mis hermanas, mi mamá o mis amigas. “Yo voy a ser esto…”, “yo lo otro…”. Siempre tuve esa espinita de la incertidumbre clavada sobre mi futuro lleno de neblina. Tengo 27 años y me despierto sola, voy a la cocina y preparo un desayuno “de soltera”, tostadas a diario, para ser específica. Si de algo estoy segura es que nunca me proyecté a mí misma disfrutando de eso. Sentada en una mesa de metro y medio, que la soledad hace que parezca uno de esos mesones gigantescos que aparecían en los castillos de las películas que miraba de pequeña. La mejor parte, hacer soniditos al sorber el café sin que te caiga el chancletazo por majadera. Acostumbrada 23 años de mi vida a abrir los ojos con el “levántate que es tarde” de mi mamá y en cuanto los sentidos se escapaban de la somnole...

Le ponen sazón a la madrugada

Era una madrugada como cualquier otra. El olor a menestra y carne asada inundaba una esquina de la "Y" del Indio Colorado, una zona céntrica de Santo Domingo de los Tsáchilas.   A pesar de haber ocurrido hace cinco meses, José Murillo lo recuerda como si hubiera sido ayer. "Una mujer me mordió el cuello, yo no sé si se creía vampiro", bromea. Así empieza a contar la historia, una de tantas "peleas de borrachos" que le ha tocado ver en el puesto de venta de comida donde trabaja, en la "Y" del Indio Colorado.     A pesar de que el local se llama "El Comedor de la Y", todos lo conocen como "los agachaditos". "Es porque aquí la gente llega a comer a cualquier hora", detalla. Y es que su comedor es uno de los tantos en la ciudad que atiende en la madrugada, "para que esa gente farrera coma luego de una noche de diversión", añade.  Tal vez sea por ese motivo, y el horario, que a veces llega ...

Viven en la pobreza

Dicen que cuando el hambre entra por la puerta, el amor sale por la ventana. Y aunque lo que más sienten en el hogar de Ana Bolaños (43) es hambre, el amor se niega a abandonarlos. Junto a su esposo Pedro Bonilla procrearon 12 hijos (24, 23, 22, 19, 15, 12, 10, 8, 6, 4,  2 años y un recién nacido),  y según esta mujer, el amor y la fe en Dios lo que les ha hecho menos dura la odisea que viven a diario, pues los 10 dólares que Pedro gana como carbonero, apenas le alcanzan para comer. La delgada figura de Ana y sus ropas gastadas y sucias son la carta de presentación de las necesidades que tienen ella y su familia. Eran las once y media de la mañana y ni ella ni sus hijos habían desayunado. Tampoco tenían dinero para almorzar. Las lágrimas que querían salir de sus ojos no eran de hambre, sino de la desesperación de haber enviado a los niños más grandes a la escuela con el estómago vacío. "Dicen que a los niños les duele la cabeza cuando no comen", musita. Fuera ...

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